El próximo domingo, dentro de la festividad del patrón San Saturnino, la Comparsa de Gigantes y Cabezudos de Pamplona será galardonada con la Medalla de Oro de Ciudad. Ojalá tuviera poderes esa medalla. Ojalá regalase vida. Los ocho gigantes, que en 2010 harán 150 años desde que los creó Tadeo Amorena, son los más veteranos de la comparsa y el rey europeo, el más icono de los iconos. Por eso, la medalla debería colgarse de su cuello. Que sea sostenido en horizontal entre diez personas para que la alcaldesa le coloque la distinción (es menos excéntrico esto a que ella sea subida con grúa). Que nada más contactar con el terciopelo del cordón y los 22 quilates de la aleación, el cartón piedra se torne carne y pelo; la madera del esqueleto, hueso; y el vacío interior, órganos. Magia. Sus ojos, tras siglo y medio siempre abiertos, conocerían por fin el parpadeo. "Dejad de agarrarme, que puedo solo", diría a sus portadores el gigante, hecho humano. Frente a él, Yolanda Barcina, que nunca antes había estado tan cerca de conocer el secreto de la eterna juventud:- "Por favor, majestad, dígame cómo hace para que le siga todo el mundo y todos bailen al ritmo que usted baila".
- "Es muy fácil, querida plebeya. No soy político".
El próximo domingo, los gigantes de Pamplona pisarán de nuevo la calle. Día para fantasear.
(Envido publicado ayer, lunes, 23 de noviembre de 2009, en la sección 'Semana a la vista' de Diario de Navarra)


